Un campeón con mayúsculas
Julio 03, 08 por Extra Deportes
BUENOS AIRES — La Liga sufrió más de lo que se esperaba, pero finalmente consiguió lo que todo un país deseaba, soñaba: ¡ser campeón de la Copa Libertadores de América! Y si bien es difícil describir en palabras la emoción que se vivió en el Maracaná y en las calles de Quito, siempre es necesario entregar un marco para semejante conquista. Hay una imagen que describe casi todo. Había que verlo al Patón Bauza, un viejo conocido de todos los argentinos, sentadito en la banco de suplentes, con los brazos cruzados, mientras se ejecutaba la serie de penales. No se le movía un músculo de la cara. Pero eso ocurrió hasta que Cevallos detuvo el tercer penal y allí sí, el inconmovible DT, se quebró, tapó su rostro con las manos, y se largó a llorar como si fuera un niño. Si Bauza lo vivió así, un tipo curtido en mil batallas, no queremos ni imaginar qué le debe haber pasado a todo el pueblo ecuatoriano, que esperaba ansiosos un triunfo de esta envergadura, que llegaba para confirmar una década de excelencia para el fútbol de un país que jugó los últimos dos Mundiales y que ahora quiere sumar el tercero en serie. ¿El partido? “Que nos importa el partido”, seguramente dirán los simpatizante de la Liga. Y lo bien que hacen. Porque esos primeros 70 minutos, cuando Fluminense sacó una ventaja que parecía decisiva, fueron un verdadero calvario para un equipo que, hasta ese juego en el Maracaná, había demostrado ser muy pero muy fuerte como visitante.

Pero estuvo claro que la responsabilidad nubló la mente y hasta endureció los músculos de varios jugadores. Y por eso, esas dos terceras partes de la final fueron francamente frustrantes. Cevallos no se mostraba seguro, la defensa hacía agua, el mediocampo no controlaba la pelota, Guerrón se empeñaba en maniobras individuales y poco eficaces, Manso no aparecía, Bieler estaba aislado. Hay una ley que dice que cuando el enemigo es grande, si se lo tiene herido, hay que aprovechar la oportunidad para matarlo. Porque la reacción de un león herido es mucho más temible que la de uno en condiciones normales. Pero Fluminense no fue fiel a esa frase. Y cuando parecía que lo tenía para el nocaut, para despacharlo, dejó escapar a la Liga, que se hizo dueño de la pelota en la última parte del juego y en el tiempo extra. Y jugó como lo que es: un grande del fútbol latinoamericano. No fue nada demasiado ostensible ese dominio, hay que decirlo. Pero en vista de lo que había ocurrido antes, era para valorarlo. Estaba claro que a los brasileños se les había acabado la gasolina. Y que la Liga tenía algo de reserva en el tanque como para vender cara lo que podía ser una derrota. Y así fue como en el alargue, de no ser por un error del asistente del árbitro argentino Baldassi (el juez, uno de los mejores del mundo, cometió muchos errores pequeños y no estuvo en su nivel habitual), la Liga se hubiera llevado la Copa. Ya que cuando quedaban tres minutos, Claudio Bieler anotó de cabeza, pero el tanto fue anulado por una inexistente posición adelantada del delantero argentino. Pero como la justicia alguna veces, muy de vez en cuando en el fútbol, se hace presente, la corrección para semejante error llegó en al serie de penales, en donde José Cevallos se mostró inmenso, deteniendo tres de los cuatro penales que le ejecutaron. Y así fue como el delirio llegó para los dos mil ecuatorianos que se apiñaban en las tribunas del Maracaná, mientras que las otras 75 mil almas brasileñas hacía silencio. El festejo fue ecuatoriano. La Liga fue el mejor equipo del torneo. Y por fin, por primera vez en su historia, abandonó el lugar de campeón moral para convertirse en campeón con mayúsculas. Para que todos los pudieran festejar. Incluso en el resto de Latinoamérica.
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