
ustine Henin consiguió ayer superar su condición de maestra. En Madrid se convirtió en catedrática del tenis al revalidar el título que conquistó el año pasado en la final del Sony Ericsson Championships, el Masters femenino, que abandona España para volar a Qatar al reclamo de los petrodólares. Maria Sharapova engrandeció la conquista de la belga, porque la llevó a disputar una final extenuante, agónica, jugada de poder a poder en el último partido de una temporada que se extiende de enero a noviembre. Fue el partido de más duración en la carrera de Justine. A estas alturas, todo el mundo tiene el depósito vacío, pero a ellas les quedaban unos litros de combustible que exprimieron al máximo.
La belga y la rusa se entregaron a fondo: 5-7, 7-5 y 6-4 en tres horas y 24 minutos; 18 minutos más que la final jugada entre Mauresmo y Mary Pierce en 2005. Había advertido la número uno del mundo que la clave estaría en el plano mental. Justine sabe muchísimo de eso. De aguantar presión, reveses físicos y psicológicos. Comenzó el partido dando muchas facilidades, marcando sólo un 49% de primer servicio, y Sharapova afiló sus uñas para llevarle a un duodécimo juego impresionante. Antes de comenzarlo, casualidad o no, la banda que amenizaba los recesos atacó Autopista hacia el infierno, de AC&DC. La frágil chica de Lieja y la potente rusa se transmutaron en demonios. Sharapova necesitó ocho pelotas de set para ganarlo. Sólo ese juego se extendió por espacio de 16 minutos. La tensión se cortaba en el box de Maria, donde su padre Yuri se ponía en pie. Su niña podía cerrar el año con un gran título (sólo se ha anotado San Diego). Veía que volvía a aparecer esa tenista grande que en 2004, con 17 años, ganó Wimbledon y el Masters y conquistó el US Open en 2006.
as.com
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